Las estatuas
Aunque en los templos hubo estatuas de dioses realizadas en ricos materiales y, por eso, perdidas, la mayor parte de las esculturas de bulto redondo que nos han llegado representan al faraón o su familia, y casi siempre iban destinadas a las tumbas, con el fin de albergar su ka. El material más empleado es la piedra.
Las características formales de estas piezas son las siguientes:
En primer lugar la frontalidad, que supone la visión de la figura desde y hacia el frente, percepción acentuada al adosar, con frecuencia, un fondo vertical.
La rigurosa simetría del cuerpo respecto a un eje. La inexpresividad de los rostros, que no evidencia rasgos particulares sino una imponente severidad.
El carácter sucinto y robusto de la anatomía, que tiende a representar rasgos idealizados, con los brazos pegados al cuerpo, caídos o doblados sobre el pecho.
Un acusado estatismo, que se ha relacionado con la idea de eternidad.
Se aprecian algunas diferencias de género, como el hecho de que los hombres adelanten la pierna izquierda, mientras las mujeres mantienen los pies juntos, y, en el caso de las piezas policromadas, se diferencia el tono de la piel (oscura en el hombre; clara en la mujer), como en las estatuas del príncipe Rahotep, hijo del faraón Snefru y Nofret.
También hubo representaciones en las que, frente al carácter estereotipado del faraón y las divinidades, se intuye un cierto realismo, en general ausente del arte egipcio. Así, el Escriba sentado, en caliza policromada, parece una figura más humanizada, en el momento de realizar su trabajo, incluso con una cierta expresión reflexiva, y en el llamado Alcalde de pueblo, en madera, se reconoce un tipo humano muy corriente. El estilo de estas estatuas permanece casi inalterable durante varios siglos.
No obstante, en algunas obras del Imperio Antiguo hay un deseo de reproducir los rasgos del faraón, frente a la uniformidad del Imperio Medio. Únicamente durante el reinado de Amenhotep IV (hacia 1380 a.C., dinastía XVIII) se produjo un cambio importante conocido como período de Tell-el Amarna, donde el faraón situó la nueva capital e impuso el culto al dios solar Atón, al que solo adoraban él y su familia: el retrato de su esposa Nefertiti evidencia algunas novedades, como las proporciones alargadas, que, junto a otros rasgos de la fisonomía, también se aprecian en los relieves.
Aunque en los templos hubo estatuas de dioses realizadas en ricos materiales y, por eso, perdidas, la mayor parte de las esculturas de bulto redondo que nos han llegado representan al faraón o su familia, y casi siempre iban destinadas a las tumbas, con el fin de albergar su ka. El material más empleado es la piedra.
Las características formales de estas piezas son las siguientes:
En primer lugar la frontalidad, que supone la visión de la figura desde y hacia el frente, percepción acentuada al adosar, con frecuencia, un fondo vertical.
La rigurosa simetría del cuerpo respecto a un eje. La inexpresividad de los rostros, que no evidencia rasgos particulares sino una imponente severidad.
El carácter sucinto y robusto de la anatomía, que tiende a representar rasgos idealizados, con los brazos pegados al cuerpo, caídos o doblados sobre el pecho.
Un acusado estatismo, que se ha relacionado con la idea de eternidad.
Se aprecian algunas diferencias de género, como el hecho de que los hombres adelanten la pierna izquierda, mientras las mujeres mantienen los pies juntos, y, en el caso de las piezas policromadas, se diferencia el tono de la piel (oscura en el hombre; clara en la mujer), como en las estatuas del príncipe Rahotep, hijo del faraón Snefru y Nofret.
También hubo representaciones en las que, frente al carácter estereotipado del faraón y las divinidades, se intuye un cierto realismo, en general ausente del arte egipcio. Así, el Escriba sentado, en caliza policromada, parece una figura más humanizada, en el momento de realizar su trabajo, incluso con una cierta expresión reflexiva, y en el llamado Alcalde de pueblo, en madera, se reconoce un tipo humano muy corriente. El estilo de estas estatuas permanece casi inalterable durante varios siglos.
No obstante, en algunas obras del Imperio Antiguo hay un deseo de reproducir los rasgos del faraón, frente a la uniformidad del Imperio Medio. Únicamente durante el reinado de Amenhotep IV (hacia 1380 a.C., dinastía XVIII) se produjo un cambio importante conocido como período de Tell-el Amarna, donde el faraón situó la nueva capital e impuso el culto al dios solar Atón, al que solo adoraban él y su familia: el retrato de su esposa Nefertiti evidencia algunas novedades, como las proporciones alargadas, que, junto a otros rasgos de la fisonomía, también se aprecian en los relieves.
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